Adolfo del Ángel Rodríguez
La deuda era muy grande. La familia acababa de crecer y el nuevo miembro de la familia necesitaría comer, necesitaría leche y ropa, además de medicinas para que creciera fuerte y sano. No había opciones: la tienda de raya era lo único que había. La deuda, a pesar de los cinco años que la había iniciado Maclovio cuando se juntó con la Juana, en lugar de hacerse menor había ido creciendo día a día. Cada fin de semana había que pagar más y más, alargando sus jornadas de trabajo creyendo que con ello disminuiría un poco lo que debía al dueño de la hacienda. Seguían viviendo con los papás de él en una casucha que daba lástima: su techo era de paja, se goteaba por todos lados y las paredes eran solo varas delgadas que en tiempo de frío hacían temblar a los miembros de la familia. Estaban hacinados, siendo la casa una sola pieza.
La despensa que se podía comprar era cada vez menor, y ahora que los miembros iban aumentando comenzaba a hacerse peor. Era frustrante todo, puesto que no podían cambiar de trabajo hasta que no liquidaran toda la deuda, y todo con la inseguridad de que si se iban a otro lado sería o no mejor. Los vales que recibían como sueldo eran cada vez más pobres y comenzaba a haber roces entre Maclovio y su padre, pues cada que rayaba el fin de semana se gastaba casi todo en aguardiente dejando toda la responsabilidad a su hijo para que satisficiera las necesidades de la familia. Así que no había de otra: Maclovio tenía que pedir más cosas haciendo su deuda interminable, comprendiendo con esto que sería casi imposible que algún día pudiera tener otras opciones de trabajo en otro lado.
Eso lo sabía de sobra: hacía un año, un primo suyo fue dispuesto ante las autoridades pues ya no aguantaba la situación y quiso escapar para buscar un empleo en otra parte. Fue perseguido y capturado, lo trataron muy mal; así eran las cosas. No había esperanzas para verlo de nuevo, no había nada qué hacer. Ese era el final que le esperaba si pensaba en irse a otro lado. No tenía el aplomo suficiente ni siquiera para intentarlo, pensando en su hijo recién nacido, en la Juana; es más, no había tiempo de pensarlo siquiera: trabajaba de sol a sol, solo dormía en casa, solo descansaba lo necesario, convirtiéndolo eso en una máquina de trabajar que no daba para cavilar más cosas que no fueran el bienestar de sus dos tesoros: su hijo y la Juana. Y ahí, en pleno descanso, veía el techo de paja, esperando a que el sueño se apoderara de él y comenzar un nuevo día con la esperanza de que a sus seres queridos no les faltara nada, aunque él quedara un día en el intento.
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